No te pierdas:

Ben Franklin (quien se tomaba muy en serio la frase de "pronto a la cama para madrugar"), al parecer fue la primera persona que sugirió el concepto de ahorro de luz diurna, según el autor del libro Seize the Daylight: The Curious and Contentious Story of Daylight Saving Time, David Prerau.
Mientras desempeñaba su papel como embajador de los Estados Unidos en Francia, Benjamin escribió que había sido despertado varias veces a las 6 de la mañana y se había dado cuenta de que el sol resplandecía antes de lo acostumbrado. Franklin se dio cuenta de la cantidad de aceite que se podría ahorrar durante la noche si la gente se despertara antes para hacer sus tareas con la luz natural.
Sin embargo, no fue hasta la Primera Guerra Mundial cuando el cambio de horario se implantó a gran escala. Alemania fue el primer país en adoptarlo para reducir el consumo de iluminación artificial y ahorrar carbón que podría utilizarse en la guerra. Posteriormente, se ha ido aplicando o modificando en distintas épocas y contextos históricos en función de las crisis energéticas.
El debate sobre su efectividad sigue abierto. Por un lado, diversos estudios señalan que, si bien se reduce el consumo de luz artificial por las noches, este ahorro puede verse neutralizado o superado por un mayor gasto energético en otras franjas, por ejemplo, el incremento del uso del aire acondicionado al llegar antes a los hogares en los días calurosos, o el gasto en calefacción durante las mañanas oscuras. Por otro lado, informes oficiales de distintas regiones han apuntado históricamente reducciones globales de consumo (aunque modestas), existiendo diferencias notables según el clima y la ubicación geográfica de cada territorio.
Más allá de la economía y la energía, los defensores del cambio de horario siempre han destacado el impulso a un estilo de vida más activo y al ocio al aire libre gracias a las tardes más largas. En contraste, cronobiólogos y expertos en salud advierten sobre sus efectos nocivos. Argumentan que nuestros relojes biológicos internos (ritmos circadianos) se resienten, lo que puede provocar fatiga crónica, bajada de productividad, alteraciones del sueño y el conocido "jet-lag social" debido al desfase entre la luz matutina y vespertina.