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El 13 de agosto de 1894, en el marco de una reunión de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia en Oxford, el físico John William Strutt (Lord Rayleigh) y el químico Sir William Ramsay anunciaron formalmente el descubrimiento de un nuevo elemento químico: el argón (Ar). Este hallazgo no solo añadió un nuevo miembro a la ciencia, sino que abrió las puertas a una familia entera de elementos completamente desconocidos hasta entonces: los gases nobles.
El descubrimiento del argón nació de una anomalía física que traía de cabeza a Lord Rayleigh. Mientras medía la densidad de los gases, se dio cuenta de que el nitrógeno obtenido a partir del aire atmosférico era siempre un poco más pesado que el nitrógeno obtenido mediante reacciones químicas en el laboratorio.
Rayleigh sospechó que el aire atmosférico contenía una pequeña cantidad de un gas desconocido y más pesado que el nitrógeno. Se asoció con el químico William Ramsay para aislarlo. Tras eliminar experimentalmente todo el oxígeno, nitrógeno, dióxido de carbono y agua de una muestra de aire, quedó una pequeña burbuja de un gas residual que se resistía a reaccionar con cualquier otra sustancia.
Al analizar su espectro, confirmaron que se trataba de un elemento químico nuevo. Debido a su total inercia química —su incapacidad para combinarse con otros elementos para formar compuestos—, lo bautizaron como argón, una palabra derivada del griego argos ($\alpha\rho\gamma\text{ó}\nu$), que significa "inactivo" o "perezoso".
El descubrimiento del argón fue un terremoto científico. En aquella época, la tabla periódica de Dmitri Mendeléyev no tenía espacio para elementos que no reaccionaran con nada. Ramsay se dio cuenta de que el argón pertenecía a una columna completamente nueva y, en los años siguientes, logró aislar el helio, el neón, el criptón y el xenón, completando el grupo de los gases nobles. Por este trabajo, Rayleigh recibió el Premio Nobel de Física y Ramsay el de Química en 1904.
Aunque se le llamó "perezoso", el argón es increíblemente útil en la ciencia y la industria tecnológica actual gracias, precisamente, a su falta de reactividad: