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Desde que en la década de 1930 los físicos comprendieron el mecanismo que hace brillar al Sol, la humanidad ha perseguido el sueño de recrear la fusión nuclear en la Tierra. Es la promesa de una fuente de energía limpia, segura e inagotable. Sin embargo, pasar de la teoría a una central eléctrica comercial representa uno de los mayores desafíos de ingeniería y planificación de la historia.
Aunque actualmente más de 50 países investigan la física del plasma y se han logrado múltiples reacciones de fusión, el reto sigue siendo alcanzar una ganancia de potencia neta sostenida. El éxito de esta empresa depende de una cooperación internacional sin precedentes, un camino que comenzó a visibilizarse globalmente en la Conferencia de la ONU en Ginebra de 1958 y que hoy se concreta en varios proyectos de vanguardia.

El ITER (International Thermonuclear Experimental Reactor) es el proyecto más ambicioso de nuestra era. Situado en Cadarache (Francia), este gigante de 23.000 toneladas y 30 metros de altura es un esfuerzo de colaboración entre 35 países —incluyendo China, España, la Unión Europea, India, Japón, Corea del Sur, Rusia y Estados Unidos—.
Su objetivo no es comercial, sino demostrar la viabilidad científica y tecnológica.
El ITER utilizará un reactor de tipo Tokamak, una cámara toroidal de vacío donde el deuterio y el tritio se ionizan a temperaturas extremas, confinados por un poderoso campo magnético generado por bobinas criogénicas. El hito que busca el ITER es alcanzar un factor de ganancia energética de Q = 10: producir 500 MW de potencia a partir de una entrada de 50 MW. La industria española juega un papel fundamental en este proyecto, exportando tecnología y servicios críticos para su construcción.

Antes de que el ITER alcance su plena operatividad, otros proyectos han allanado el camino:


La gran novedad de los últimos años es la irrupción del sector privado, siendo el proyecto SPARC del MIT y Commonwealth Fusion Systems su máximo exponente. A diferencia de las enormes estructuras criogénicas del ITER, el SPARC apuesta por imanes superconductores de alta temperatura (HTS).
Esta tecnología permite operar a 90 K en lugar de los 4 K necesarios para los imanes tradicionales, facilitando el diseño de reactores mucho más compactos, ágiles y económicos. Con una ganancia energética superior a dos, el SPARC busca demostrar que la fusión puede llegar a la red eléctrica antes y con menores costes de inversión.
El camino hacia la energía de fusión está marcado por una dualidad necesaria: la escala y el respaldo institucional de proyectos como el ITER para consolidar la física fundamental, frente a la agilidad técnica de startups y proyectos compactos que buscan acelerar el despliegue comercial. La movilización de recursos a nivel mundial es, hoy más que nunca, la llave que permitirá transformar la energía de las estrellas en una realidad cotidiana para nuestras ciudades.
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