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Dentro del patrimonio arqueológico y artístico existen piezas únicas de incalculable valor. Con ellas es imposible realizar estudios tradicionales que impliquen cortar, raspar o modificar el objeto. Por eso, el desarrollo de técnicas no destructivas —métodos de análisis que no alteran en absoluto la pieza— es la única vía para desvelar los secretos del pasado.
Imagina que tienes una moneda romana que, al analizar su superficie, muestra un 98% de plata pura. ¿Significa eso que toda la moneda es de esa calidad? No necesariamente. Las aleaciones antiguas de plata y cobre sufren un fenómeno químico muy particular a lo largo de los siglos. El cobre de la superficie reacciona con el entorno y se desgasta o se pierde (un proceso llamado lixiviación), mientras que la plata permanece intacta. Esto provoca un aparente enriquecimiento superficial en plata.
Las técnicas tradicionales de rayos X solo penetran unas pocas micras (la millonésima parte de un metro) en la superficie. Por lo tanto, un análisis superficial puede indicar que una moneda tiene un 98% de plata cuando, en su interior, la aleación real apenas llega al 80%. El Imperio romano podía estar devaluando su moneda (metiendo más cobre para ahorrar costes) y la química del tiempo terminaba "ocultando" esa trampa.
Para resolver este rompecabezas sin dañar las piezas, la ciencia arqueológica utiliza grandes instalaciones como los aceleradores de partículas. La clave actual reside en combinar dos técnicas:
Al cruzar los datos de ambas tecnologías, se puede aplicar un método matemático de corrección. Como se sabe que el cobre es el metal que desaparece de la superficie debido a la corrosión, los científicos toman el cobre como referencia para calcular cuánta plata real hay escondida en el núcleo de la moneda.
Conocer la pureza real de las monedas de plata y cobre (acuñadas, por ejemplo, en la época de la República Romana, entre el 211 a.C. y el 86 a.C.) no es solo curiosidad. La proporción exacta de estos metales proporciona datos cruciales sobre: