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Y Einstein nos hizo relativos

16/02/2016 -
La Razón Ciencia

 

Hay pocas personalidades en la historia del pensamiento humano de las que se hayan dicho tantas verdades y tantas mentiras. La crónica de la vida de Einstein está llena de anécdotas, citas y altercados apócrifos. No, no es cierto que el joven Albert fuera un desastre de las matemáticas, ni que creyera que el ser humano utiliza sólo el 10% del cerebro, ni que dijera aquello de que «si desaparecen las abejas, la humanidad sólo duraría cuatro años». Es una lástima, porque algunas de las leyendas que el tiempo ha forjado sobre su personalidad son realmente bellas. Como aquélla de su supuesto chófer. Ya saben: el gran Albert, cansado de pronunciar siempre las mismas conferencias, quiso gastar una broma. Le pidió a su chófer que, por un día, le sustituyera ante una audiencia. El conductor se las apañó para salir airoso con unos cuantos conceptos, pero cuando llegó el turno de preguntas una de las cuestiones le dejó sin argumentos. Entonces, dicen, con aplomo se dirigió al público y dijo: «Esa pregunta es tan sencilla que voy a dejar que la conteste mi chófer, Albert».

¿Quizá sea también leyenda la historia de Einstein y su mujer visitando un gran telescopio? Ambos fueron agasajados por el director del centro que les contaba la cantidad de sucesos cósmicos que se podían contemplar a través de las lentes de la nueva y carísima instalación. «Es curioso –dijo la esposa del genio alemán–, mi marido es capaz de ver lo mismo pero usando sólo lápiz y papel».

Si la cita es falsa, al menos no lo es lo que detrás de ella aflora. Es verdad. Albert Einstein se convirtió en el genio entre los genios, el hombre que cambió el modo en el que miramos al cosmos, el físico más influyente de la historia, simplemente usando la imaginación, pensando que realmente el universo no es como parece.

Si hoy Einstein es un icono de nuestra era, una imagen para imprimir en camisetas y tazas de café en competencia con el Che Guevara o John Lennon, no es por su ciencia. Sino por lo que trascendió de ellas. La Teoría de la Relatividad, sí, es posiblemente el set de ideas más inteligentes al que acudir para entender cómo funciona el mundo, sin echar mano de los dioses. Aunque la teoría en sí no la comprendamos. «Aún no puedo ni imaginar cómo llegó Einstein a tamañas conclusiones», declaró un día el físico Richard Feymman (que no era, precisamente, un ignorante en la materia). Da igual. El caso es que lo hizo y con ello no sólo sacudió la ciencia, sino que hizo vibrar (como una gran onda gravitacional) la cultura contemporánea en pleno. Desde el teatro a la pintura, de la poesía a la música, del cine a la literatura... De Pekín a Hollywood, la cara de Einstein sacando la lengua produce pulsiones parejas a la visión de Chaplin comiéndose un zapato, Maradona arrodillado con los brazos en cruz o Yoko Ono dejándose abrazar desnuda por su amado John.

Las fórmulas einstenianas dibujaron un espacio-tiempo relativo justo cuando el mundo entero se volvía relativo. Cambiaba el siglo, caían monarquías, se pervertían órdenes establecidos, se dinamitaban autoridades morales, se ponía en tela de juicio al mismísimo Dios. Y Einstein vino a contarnos con números que el tiempo y el espacio realmente no eran lo que creíamos. De hecho, no eran «algo»; simplemente se comportan según la perspectiva desde la que los miremos. Comprender el cosmos se volvió tan difícil como comprender el mundo. El Universo dejó de ser un lienzo de tranquilos astros titilantes igual que la vida en el planeta dejaba de ser una sucesión más o menos predecible de acontecimientos históricos.

Einstein vio la luz el mismo año en el que la luz vio la luz. Puede parecer un extraño e inútil trabalenguas, pero también puede que sea una brillante casualidad, un juego del destino que pudo cambiar el rumbo de la ciencia. Y es que aquel mismo año de 1879 en el que nacía en la localidad alemana de Ulm un niño más bien gordo, feo y con la cabeza ligeramente deformada, fruto del matrimonio entre Hermann y Pauline Einstein, en Menlo Park (California) se procedía al encendido oficial de la primera iluminación pública con luz eléctrica. Fue Main Street la primera calle que sustituyó las farolas de petróleo o gas por luminarias con bombillas pagadas por el Ayuntamiento.

La noticia corrió como la pólvora por todo el mundo durante la primavera de 1879, cuando el pequeño Albert aún no había cumplido los diez meses de edad. Y tuvo que impresionar profundamente a su tío Jacob, un ingeniero especializado en instalaciones de gas y agua, que decidió dar un giro radical a su negocio: a partir de entonces se dedicaría a la novedosa electrotecnia, a comercializar una dinamo que él mismo había inventado. Aquella decisión marcaría la vida del rechoncho Albert más de lo que entonces podían haber imaginado sus padres. Es como si Einstein hubiera nacido destinado a conmocionar el orden establecido de la física, a «cantarle las cuarenta» nada más y nada menos que al viejo e inamovible Newton, a dar la vuelta a la tortilla de la energía sentando las bases de un nuevo modelo de comprensión del Universo. Pero también, destinado a juguetear con sus coetáneos, a dejarse fotografiar con gestos infantiles, a aparecer en pósters con todo tipo de eslóganes, como aquél que circuló en los ambientes del incipiente movimiento hippy con la frase: «¿Ves? Él también llevaba melena». Y habría de pasarse la vida entera desconcertando a propios y extraños con su comportamiento. Cuando Robert Oppenheimer, el padre intelectual de la bomba atómica, atravesaba los peores momentos de incertidumbre ante la posibilidad de ser acusado de espionaje en EE UU, a Einstein no se le ocurrió otra cosa que aconsejarle: «Lo que tienes que hacer es ir a Washington, decirle a esos funcionarios que están locos y volverte a casa». Él siempre vio las cosas con la distancia y la despreocupación de un niño travieso. Incluso aquel mágico año de 1905 cuando tocó con los dedos el cielo de la ciencia. Ese año el físico escribió cuatro artículos que lo iban a convertir en el científico más relevante de su tiempo; diseñó la Teoría de la Relatividad Especial; halló una explicación al efecto fotoeléctrico, por la que recibió el Premio Nobel; relacionó la masa y la energía con su genial fórmula E=mc2, y explicó científicamente el llamado efecto browniano. Pocas veces en la historia del pensamiento se ha dado una acumulación tan feliz de publicaciones en el período que va de marzo a diciembre de un mismo año.

El joven Einstein se había atrevido, nada más y nada menos, que a poner en cuestión la mecánica clásica que se tomaba como dogma desde los años de Galileo. Lo hizo al afirmar que la luz viaja a una velocidad constante e infranqueable y al advertir que el tiempo y el espacio son relativos. En realidad, ambos conceptos, según Einstein, son sólo uno: el espacio-tiempo, una dimensión cuya apariencia depende del punto de vista del observador. La composición de estas teorías, junto al complemento de la Teoría de la Relatividad General que presentó en Berlín en 1915, revolucionó el modo en el que los hombres y mujeres del siglo XXI vemos el cosmos. En realidad, toda la astronomía moderna bebe de esa idea surgida del lápiz y del papel de Einstein, pero confirmada posteriormente por numerosas observaciones empíricas. La primera de ellas ocurrió en 1919, cuando el astrónomo Arthur Stanley Eddington observó por primera vez, mientras contemplaba un eclipse solar, que los rayos luminosos procedentes de las estrellas se curvan al pasar cerca del Sol como consecuencia del efecto gravitatorio generado por el Astro Rey, tal como predijo Einstein. La última, y la más deslumbrante de todas, ha tenido lugar esta semana, cuando un grupo de 1.000 científicos embarcados en el experimento más caro de la historia ha detectado la onda gravitacional producida en el tapiz del espacio-tiempo por el choque de dos gigantescos agujeros negros. Sí: tal como había predicho Einstein hace más de un siglo.